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UN PEDAZO DE MANZANA
Como hijo satisfecho, bebo de la manzana algo menos que la leche del ácaro. Y no agradezco. Y sólo hoy, ebrio de saciedad, lejos de la muerte y del hambre, la desprecio.
Un tercio de su pulpa queda aún sin comer, olvidado sobre la mesa. Acometido de una ternura insana, lo tomo, lo huelo, lo sopeso. ¡Son tan extraños los harapos de la cáscara, las formas carcomidas, las duras semillitas, los rincones donde no vivirá el gusano! ¡Tan sordamente familiares!
En su pasado pienso, en la suma de los tejidos escapados de un inmemorial pétalo, delante de la savia, de la tierra y del sol, y me digo que él esperó toda una eternidad para darle un homenaje a mis labios, un beneficio a mis desdeñosas tripas.
Envuelto en mi mirada, lo dejo otra vez sobre la mesa. Me rasco la cabeza. Pienso. Se disputan mi corazón la soberbia, la humildad y el arrepentimiento.
No lo comí.
Podría haberlo hecho, pero es que de pronto me resultó más amargo que el agua de natre en el corazón de mis fiebres, el esmalte de mi conciencia desparramado en su pulpa.
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